TEJO, TANTO TEJO

Tejo con hilo

de mi ropa

la piel de un vacío

que me galopa,

para volver un dios mortal.

Tejo un fluido

con tela rota,

para ser lo que he sido

en una gota,

y poder vestir el mar.

Tejo el sonrojo

de un sol magenta

para enhebrarlo en el ojo

de mi tormenta,

y poder atardecerla en paz.

Tejo el bosquejo

del suicidio de mi placenta,

por renacer tan lejos

como me mienta,

hasta trenzar la realidad.

Tejo amarillos

los abismos que rondo,

los pliego en ovillos

mullidos, redondos,

y así, al caer, imaginar

que erigiré castillos

con auroras al fondo

de los hondos bolsillos

donde me escondo

de los días que no volverán.

Tejo los gritos

que ahogo con versos,

los tejo malditos,

con nudos, perversos,

monstruos pero conversos

que, al final,

se tornan tupidos

disfraces, traviesos,

se tornan cupidos

desnudos, de esos

que lanzan agujas y besos

que nunca sentirán.

Tejo, tanto tejo,

que ya no veo nada,

he cubierto todo espejo

con tapices de mi cara,

y tapiado las ventanas

con paisajes sin mirar.

Tejo, pues si lo dejo,

temo que mi alma se deshaga,

que sólo sea el reflejo

que se devuelve a una mirada,

poco más que pluma y lana

buscando aire que atrapar.


Tejer es el eje principal del poema, metáfora del proceso creativo del artista. Las primeras estrofas elaboran una suerte de listado de las razones por las que se usa ese poder de creación, ya sea para defenderse, guarecerse, soñar o por pura supervivencia, para después abrirse al desenlace y revelación de que, en realidad, a veces tu propia poesía puede acabar engulléndote.

Comentarios