NOS VEREMOS EN MIS OJOS
Tú,
que fuiste hogar y lumbre,
migas de pan en el regreso,
ahora sólo habitas
el estómago de ratas de carbón,
bajo la tierra que traga y pudre
un disfraz de piel y hueso,
por ojos cuencas infinitas,
laten larvas por corazón.
Y de pronto,
cuando tu agua es aire y se hunde
en el olvido que te hará preso,
donde callan las trovas malditas
que guardaste para otra estación,
a través del cieno y la herrumbre
que te dieron el último beso,
veo brotar las margaritas
del polvo en derredor.
Desde ahora,
me hallará presto la costumbre
de exhumarte cada día un trozo,
dibujar las nubes nunca escritas
en tu estela de cielo de hormigón,
o perforar la noche que te cubre
buscando el faro de un sollozo,
por si algún día resucitas
en la esquina de cualquier rincón
de ninguna parte,
en la herida que sangra siempre al son
de recordarte.
Y nos veremos
en los azules de mis ojos, que se nutren
de las cascadas de tu ciego pozo;
en las ramas de aquel olivo, tan marchitas
como abundante el fruto que dejó;
en las letras de tu obra, que se funden
con las mías en un nuevo esbozo;
o en el silencio del te quiero que me gritas
desde la sombra de algún sol,
o tan gigante
como la tuya, la eterna interrupción
de lo constante.
Sí, nos veremos...
donde el dolor me confunde
hasta creer que te rozo,
en las cosas bonitas
que decías que soy,
o en cada mes que se cumple
desde que me destrozo
por todas esas visitas
a las cuales no iba, y ya voy,
para ver qué se entreabre
entre los pasos que doy
y tu huella imborrable,
entre mi ayer y tu hoy,
entre un hijo y un padre.

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