DESNUDA DE LUTO
Hoy, tiempo después de que la muerte te arrancara de mis brazos, te he encontrado por última vez.
Barría el salón, pensando en la mejor manera de esparcir la mugre sin que se notara, escondida bajo la alfombra quizá, o uniforme en fina capa, cuando he sentido el impulso de mirar tras el sofá. No sé qué esperaba encontrar; puede que la montaña de suciedad acumulada que me permitiera abandonarme, o bien todo lo contrario, que buscara tocar el fondo desde el que saltar. Pero el caso es que ahí, entre pelusas y los restos de alguna cáscara enmohecida, enterrada bajo telarañas caídas, fundida con la sombra de una esquina, estabas tú.
En un mechón de tu pelo. Un mechón de tu pelo tirado en el suelo, al trasluz del polvo, oscuro, brillante, que desde el más profundo olvido, aún robaba destellos de caoba al sol filtrado por la ventana.
He soltado la escoba, como si me quemara entre las manos ante la idea de poderte haber relegado a un rincón del cubo de la basura. Me he arrodillado ante ti, viviendo y odiando el momento a la vez, saboreando la sal que abre las heridas, sintiendo un dolor que creía haber perdido para siempre.
De repente, un soplo venido de ninguna parte te ha hecho temblar, y casi... casi ha parecido que cobraras vida. Eso me ha hecho decidirme, y te he recogido como quien recoge un trocito de su alma, temiendo deshacerte de pronto.
Y al tocarte,
has vuelto a vivir
a través de las huellas que dejaste
en la memoria de mis dedos.
He rozado la seda de tu pelo,
enjabonado con el champú que me robabas;
el fuego de tus mechas onduladas,
que clareaban en los viajes de verano;
he entrelazado con las líneas de mi mano
tus cabellos, por verlos fundirse;
he regado tus raíces con los masajes que pediste,
y apenas te di;
he vuelto a entrar, sin saber salir,
en el infinito de tus bucles de carbón;
hemos vuelto a hacer el amor,
siguiendo los ramales de tu trenza;
he besado las canas de tu vergüenza,
perlas de tus años en la arena;
y he cosido a tu melena
mis pestañas, pues si veo
acabaré peinando de nuevo
el horizonte,
en busca de cuándo y dónde
empieza una tierra sin ti.
El hechizo ha durado lo que dura un sueño en desvanecerse, toda una vida durante y un segundo tras él. Luego se ha ido como si nunca hubiera sucedido, y con él, la poesía.
Aturdido, he tratado de averiguar qué me había privado de perderme un poco más en aquel dulce espejismo. Tanteando alrededor, buscando algo remotamente disruptivo sin encontrarlo, no he tardado en volver a verte sostenida en mis yemas, deslucida por el paso del tiempo y carente del brillo de siempre, casi gris, y me ha dado la impresión de que, de alguna manera imposible, estabas triste.
Y sin hablar, sin pensar siquiera, llevado por el instinto que da el dolor, me he levantado, y ahuecando las palmas para protegerte, mis pasos me han conducido hasta el lavabo. Allí, retirando los restos de polvo que te quedaban, y bajo un fino chorro de agua y alguna que otra lágrima, te he limpiado. A medida que oscurecías por la humedad, las luces de las lámparas han empezado a reflejarse en tu superficie, haciendo más palpable la sensación de que algo aún latía en tu interior. Una vez mojada, he ido a los estantes de la ducha, y sonriendo, he elegido mi champú. Y al paso que cumplía el ritual que tantas veces había visto, cuanto más cuidado ponía en aclararte y secarte, cuanto más empeño en que fuera algo importante, más cerca de mí te sentía.
He salido a la terraza, bañada por la luz de media tarde y salpicada por el arrullo de los pájaros que anunciaban el fin de otro día. Allí, en aquel metro cuadrado que tantos atardeceres nos había regalado, esperando que en cualquier momento me tocaras el hombro para volver a la cama, he sentido algo cercano a la paz. Embelesado por el brillo que, ahora sí, desprendías sin reservas, casi he dejado escapar lo que la brisa me ha susurrado en la nariz: la sombra de tu olor, mezcla de jabón y de una esencia sin nombre que me ha atravesado el pensamiento, trascendiéndolo todo.
Y al olerte,
floto y salgo de mí,
sin peso ni forma, ni gravedad suficiente
para bajarme de este cielo.
Se perdió el rastro de tus flores, del esmero
plantado en tus macetas;
ya no quedan ni semillas, hijas sin nietas
de una eterna primavera que ha pasado;
se fue contigo el propio aire, enamorado
del fantasma de tu aroma;
ya sólo vuela el tiempo, así que ahora
debo arrastrarme lejos de aquí;
barrer tus cenizas, hasta el confín
de otra mañana sin lavanda en la almohada;
colgarme de tu recuerdo, el de tu piel tostada
robándole rayos al sol;
y mecerme en nubes de nostalgia, al son
de una música que no espera;
para después soltarme, un día cualquiera
que tú no verás, y dejar que el viento
me empuje a seguir persiguiendo
a mi vida,
desnuda de luto, por siempre vestida
de mil abrazos contigo.
Poco a poco, te he despegado de mi nariz y de mi boca, arrancando los momentos que me evoca respirarte así, en un trocito de tu cuerpo a la zaga de la muerte. Y sin saber decir si es desgracia o suerte lo que has traído, he escuchado las primeras notas de un sonido tan familiar como olvidado, la poesía de aquel día tan lejano en que prometí vivir rimando siempre.
Aunque seas hoguera de diciembre que calienta mi pecho, por más que primero te miro y te estrecho más fuerte que nunca, por grave y por profunda que sea la herida donde quiero guardarte, en el fondo he sabido que sería semejante a matarte a mis ojos. Así, con todo el arrojo que el dolor ha permitido que reúna, sin un último beso o caricia alguna por temor a no ser capaz después, te he dejado pasar a través del espacio abierto entre mis palmas.
Ahora, a medida que en volandas un soplo de poniente te ha disuelto y te ha hecho libre, me he dado cuenta de que eres tan invisible como real: tanto como en un océano la sal, y por ella floto; no menos que el parpadeo frágil e invernal de un sol remoto; pero cae la rosa y sus espinas todavía son rosal, y así te noto, a veces etérea y celestial, a veces como los mil trozos de un cristal que se haya roto, clavados en mis pies descalzos.
Y ya no sé ni cuántos he arrancado o los que quedan dentro aún, no me importa si encuentro algún pedazo en el centro del mismo corazón, pues de ese modo me darías la razón para no sacarte.
Sólo pido que una parte de mí se quede aquí contigo, y la otra corra lejos. Que le explique a los espejos que tu imagen no refleja. Que alcance a ver si el futuro se asemeja al que hicimos juntos, si se acercan o se alejan nuestros mundos. Que trace un camino con las comas y los puntos de mi pena, la sangría hecha poema. Y que algún día, si pudiera, venga a recogerme. Que me coja de la mano y me enseñe dónde duerme esa poesía, que me diga que respira, que la frontera que nos separa es tan fina que ya estoy al otro lado.
Que lo estoy desde que he entrado
en el abismo del contraste
de haber dejado aparte
un segundo mechón de tu pelo,
tirado en el suelo,
sin recoger.
Pues no quiero perder
ni ganar este duelo.

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