NO ESPERARÉ A LA MUERTE

Recorreré desnudo este camino

y escribiré mi verdad,

aunque sé

que el tiempo borrará mi estela,

como el arroyo condena al molino

a mirar los peces nadar,

pero a la vez

la corriente gira su rueda,

y sin querer,

de alguna forma lo libera.

Como una gota de lluvia sin más destino

que perderse en el mar,

mas al caer

sueña que el viento la mece y vuela,

yo viajaré de este mundo al que imagino

buscando un hogar,

que encontraré

en la estrella que ambos esperan,

bajo la fe

de ser las mitades de una entera.

Hasta quemarse los campos que ahora irrigo

y la tierra sea ceniza,

hasta que la sal

no cubra toda raíz de nieve,

entretanto rozaré cada espiga de trigo

por ver cómo el vello me eriza,

como un final

que se resiste a que un comienzo lo lleve,

un ojo detrás

de un párpado al cerrarse, que no ve más,

pero se mueve.

Y cuando un último día me arrastre consigo

a un ocaso de luz rojiza,

cuando no haya lugar

adonde huir de la noche que viene,

habré de creer que si al sol persigo

a lo mejor mi atardecer se eterniza,

como un quizá

que desafía las certezas que tiene,

un más allá

tejido con hebras de aire, del ojalá

que lo sostiene.

Mientras pasa la vida, la que pasea

con vestido blanco, la que aletea

lejos de todos, de la pelea

por ver la cumbre,

pasa también la mía, que ya cojea

por ir descalza, por la odisea

de seguir su rastro, y así la vea

o se derrumbe.

Y cuando llegue la muerte, negra marea

que se vacía, pues borbotea

y sólo mana, y ya gotea,

y se interrumpe,

le costará encontrarme, donde se lean

puntos suspensivos, junto a la idea

de la esperanza, esa que ondea

la incertidumbre.


No elegimos vivir, pero sólo en la vida podemos ser. 

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