EL CANTAR DE LA MENDIGA

—Buenos días —saludas desde el suelo

en la primera luz del alba

a los gigantes,

si tú lo fueras no estarías

sobre cartones de piedra y hielo

clavados hasta el alma,

no lo bastante,

pues sus corazas son más frías.

Levitan como si suyo fuera el cielo,

pisar tus alas les da el arma

para ser alguien

y en la caída quedar encima,

pero tu hedor y el perfume de su pelo

se abrazan en duelo y, con calma,

bailan en el aire,

seres transparentes que no saben

quién vuela y quién camina.


—Buenas tardes —despides desde un charco

bañado por lágrimas que flotan,

o lo hacían, antes

de diluirse en esta lluvia.

Mientras se hunde, zarpas en tu barco

allende las tierras más remotas,

justo delante

de la primera choza que te refugia.

Los niños juegan en tu nuevo banco

a prender toda tu ropa

y ver si ardes,

más vale muerta que tan sucia,

pero tu voz es para un lienzo en blanco

su pincel, la nube que te transporta,

y la tires o levantes,

la escupas, la rompas o la cantes,

siempre será tuya.


Como una cueva iluminada por el sol

o la tormenta en el mar,

que se pasea

sin rozar a los peces,

tu aullido se pierde en el clamor

de quien juzga sin pensar,

y te condena

a tejer tus propias redes.

Desde que la más tupida y la mejor

te convenció de que tensar

más tu cadena

es el castigo que mereces,

ya no mendigas más que amor,

un trago de agua sin sal

o unos ojos que te vean,

y sin que nada cambie, como isla en la marea,

desapareces.



Una triste y diaria realidad. Porque lo que se deja de ver, ya no está a los ojos que se cierran. Hay muchas maneras de desaparecer, y ésta es la más triste de todas.

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