DIENTES DE SIERRA
Cabalgo la corriente
del charco de mi rutina
sobre sueños de alquiler
imaginando el mar abierto
insisto en volar los puentes
entre el macizo de esta ruina
y el palacio de aire que hubo ayer
hecho de humo sin que llegue a arder
y que cien nuevos tiende a cada intento.
Donde convergen la renuncia y ser valiente
mecido en el abismo de la cima más alpina
desnudo el pecho con hierro bajo la piel
por si me engaño y nada fuera cierto
luchando, sin devenir aún la muerte
en el soplo en que la vida termina
enterrado y exhumado a la vez
un instante previo a renacer
es allí donde me encuentro.
La conciencia no miente
vive detrás de la retina
dura y honesta juez
duerme si yo despierto
huir se antoja insuficiente
si el guardia es también mi guía
cuando descansa el día, al anochecer
se guarece con mi frío y brinda con mi sed
pero lleva el rubor del alba al fin del desierto.
Por saldar las deudas que mi rescate vierte
cebar a la bestia que de otra suerte sería
quemar el resto de mis naves por creer
que la tuya me llevará a mejor puerto
por dispensar otra semana inerte
y rellenar lo que un suspiro vacía
para salir de este pozo de miel
por no rendirme a su vaivén
heme aquí en tu concierto.
Un diario de sombra y luz
para escribirlo lo cantas
tu presente y pasado
nudos, al descubierto
aunque nadie sabe aún
del romper de tu garganta
del dolor de fundir lo congelado
la sangre de tu voz, ni del delgado
linde entre la belleza y su cruel sustento.
¿Y quién viaja entre esos mundos, sino tú?
derretirte en tus letras sin escudo te presenta
morir de pie en un escenario, y al otro lado
resurgir en el verdor que da tu aliento
pues el otoño es gris en esta latitud
y las almas están hambrientas
del gran consuelo de haber bajado
en penúltima estación, y del dorado
poso de resistir contigo en sentimiento.
Árboles de blanco, su corteza de abedul
callan el anhelo por crecer en tierra blanda
vencidas por sus hojas las ramas han quebrado
crean esparcidas nívea alfombra, en tu huerto
buscan sol de invierno, desmayado, casi azul
y gracias al viento que levantas con tu falda
marcharán hasta amables, verdes prados
sembrarán nuevo campo en delicado
asentar de su fértil polvo ceniciento.
Ahora forman bosque, queda al sur
de todos los que lucen esmeralda
el suelo es duro, y tan salado
que si llora queda tuerto.
Es la misma cruz
que soporta mi espalda
pese a ser lastre pesado
soy más estable a más calado
más agua desplazo en movimiento.
Mi rama y cruz engrosan más la horda
del ejército de heridas, inerme, no indefenso
somos público diverso, aplaudimos con los pies
cada flor tiene su esqueje, cada vid su sarmiento.
Juntos nos rendimos a tu música, siempre sorda
a cualquiera que no enjuicie desde el propio verso
no se fije en el reverso de una promesa que no es
lea los nombres al derecho y las personas al revés
e ignore el mudo aullido que clama en sufrimiento.
Conectados como en ninguna red, que ya estorba
somos uno y cada uno, perjuros, recién conversos
en vidente fe que dura lo que en secarse tu pincel
una vez pintada sublime obra maestra, y el talento
no se entiende sino libre de tiempo, lugar y forma
el silencio previo atravesado no sería ya tan tenso
ni lo eterno tan excelso, tan insondable lo que ves
y por siempre aguardaremos luna llena, cada mes
se inflarán pechos y velas, pero sólo a barlovento.
Las notas se detienen pero la canción sigue
aún retumba en el latir de nuestro cuello.
Abren las puertas, más bien las cierran.
Huérfanos de ti, de tu fuerza y acento
aturdidos tras la cumbre, en declive
bajamos en desfile al sol trigueño.
Sonríes, conoces lo que encierra
que caigan en un reloj de arena
tus granos por este momento.
Merecerá la pena si consigue
arrancar ideas, un destello
a todo lo que nos aliena
sea dicha, sea lamento
cualquiera que irrigue
los eriales de lo bello.
Mascaremos la cadena
usando dientes de sierra
y al fin volveremos, al trote lento
a cabalgar la corriente, que persigue
abandonar el charco, para ser los dueños
de nuestro mar de rutina, acabar la guerra
que libramos con la conciencia, y presiento
que volveremos a vernos, en la hoja que culmine
tu diario, o allá donde tu futuro sea tan risueño
como triste fue tu voz, bajo el árbol que aferra
las ramas que volaron, o quizá donde esperan
ecos del silencio que rompió este estruendo.
Cuando crucemos los caminos y te mire
esperaré verte feliz en bosque sureño
de fuertes robles y cruces de madera
pero si yaces tendida en el cemento
marchita, sin frutos que germinen
diré que del rocío de tus sueños
brotó esta hermosa primavera
y que de aquella sala entera
no hubo nadie, envuelto
que contigo no saliera
ni encontrara siquiera
un solo instrumento
mayor que tú, mera
muerte de una fiera
que aun gimiendo
daría lo que fuera
fiel a lo que era
por alimento.

Este poema nació de un concierto de una tarde de domingo. La progresión de la métrica alude al título de la obra.
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