SEGUNDA VIDA

Sombras se ciernen sobre la entrada

la puerta que había mañana serán mil

han llegado todas a la vez, con la honradez

del verdugo que anuncia el fin al reo.

Pasan sin llamar y no dicen nada

respiran el tufo del impulso más pueril:

esconderme bajo el búnker del mantel, al saber

que soy invencible sólo mientras lo creo.

Antes de morder se escucha un siseo

casi cándido, rompe el silencio hostil

y aún bajo la mesa, mi culpa confiesa

que la puerta la dejé yo abierta ayer.

Pues con tanto trasto ya apenas veo

cristales sucios que no alumbra el candil

con el alma aún ilesa, me hago la promesa

de que cuando no respire volveré a nacer.

Se abalanzan sobre mí

pero es peor de lo esperado.

Ojos vidriosos me miran sin ver

me inspiran el terror más hondo que puede haber

y te busco a mi lado

toco tus dedos de agua y fuego

ojalá que rías y digas que todo ha sido un juego

pero están helados

trepo por tu mano, aire nada más

no sé si creer que simplemente ya no estás

o que nunca has estado.

Miro en derredor, con miedo, confuso

asumo de golpe todas las cargas que rehúso

mas no hay pecado

ni existe razón que lo induce

las sombras se esfuman y el averno se traduce

en lo que han dejado.

Un mar hijo de una sangría

antes de entenderlo noto que mi corazón se enfría

aunque nunca es demasiado

y es que siempre podré remontar el vuelo

si queda algo, nada más que algo, al final del duelo.

Pero muerte, tan sólo muerte es lo que huelo

madres que nunca serán, hijos que podrían haber sido

una hilera de cadáveres relegados al olvido

sin nombre ni apellido y aplastados en el suelo.

Ayer fueron guerreros, reyes, mendigos

fueron mis compañeros, rivales, amigos

fueron mi familia

fuisteis mi casa

fuiste tú

tú, despojada de tu gracia, tu aire, tu abrigo

tú, que ya nunca verás veranos, de miel, de trigo

quedáis en tierra

quedas imborrable

quedo yo

yo, que quiero morirme de repente, de sed, de frío

yo, que quiero escapar fuera, o dentro, contigo.

Y entonces

cuando mis brazos no abrazan sino mis brazos

cuando aún recuerdo la aurora si me concentro

cuando naufrago y no me aferro sino a las olas

cuando no hay manos para recoger los pedazos

cuando sepultado no excavo sino hacia dentro

cuando no se escuchan latidos sino en el eco de las horas

sólo entonces

despierto.

Abro los ojos

toco mi cuello, tu cara

el alivio convulsiona el techo

el peso de cien ratas abandona mi pecho

cuando la noche se aclara.

Comprendo que todo ha sido un sueño

jamás ninguno que hiciera al soñador tan pequeño

ni al que tanto domara

¿quién sino yo enviaría tal penitencia?

¿y qué mérito tuve o removí qué conciencia

para que se perdonara?

un pestañeo infinito y todo vuelve

pero el dolor no es en vano y el alma me devuelve

la pena que tragara

la mente no sabe, al fin y al cabo

de tortura de sangre o de aire, y seguiré siendo su esclavo

y de mi propia vara

pero puedo sentiros, puedo verlo

el vacío que dejasteis os convirtió sin saberlo

en lo que más importaba.

Muere el río Estigia, veo el delta

un descuido de Caronte hizo el viaje, hacia el fin del horizonte, de ida y vuelta.

Otros acaban donde la corriente es más violenta

azotados contra cien rocas hasta el crujido

se hunden, reflotan, se achican, hasta que el río y lo roído,

con el bote sumergido, al final los sedimenta.

Tanto mirar el tesoro se gasta, y pasa, el tiempo

y sin tocarlo lo arrastran, la muerte, el viento

no abrazo lo bastante

ni a la vida

ni a ti

a ti, que al hacerlo te recuerdo, te encuentro, te siento

a ti, envuelta en piel de lluvia, de bosque, de cuento

seguís respirando

sigues en pie

sigo aquí

así, para ver luz radiante, que ciega, lamento

que en mí, entrara antes su sombra, ya sobra, y la enciendo.

Y ahora

ahora que me hice viejo mientras dormía

ahora que lo que viva es igual a lo que crezca

ahora que no espero al invierno para oler las flores

ahora que quedan por recoger pedazos todavía

ahora que persigo al sol para que no atardezca

ahora que nuestras son mis notas y nuestros son tus colores

a deshora

duermo

y no llores

pues mañana

aunque enfermo

no recordaré los horrores

de la fuente de donde mana

este vil y sabio infierno

salvo quizá los olores

no recordaré nada

sí, quizá los olores

a lluvia, a bosque... a tierra mojada.


Despertamos de una pesadilla, con la angustia de haberlo perdido todo sin perderlo.
Por un momento somos más sabios, ahora sabemos qué es importante y qué no, una nueva oportunidad se ha abierto y no la vamos a desaprovechar. Pero al día siguiente nos despertamos confusos y todo se difumina. Y hasta cierto punto, así debe ser, porque quien porta lo aprendido, arrastra lo sufrido.

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