MIEDO

Escribir sobre la cima coronada y su bestia

¡qué feroz, qué bello!

Recién cazada, pero con modestia

sus tres cabezas aún penden de mi cuello.

Escribir sobre un río en primavera

y ver cómo fluye...

Un alud de espanto baja la ladera, como si supiera

que el sol calienta tan fuerte como rápido huye.

De mi corazón de hierba queda esparto, de mi pecho de roble ni madera.

Qué feliz pace la manada con el león dormido.

Qué seguro el lago helado al alba.

Qué bonito ese otro mundo desde el mío que gobierno.

¡Qué tiempos! dirán en un futuro.

No más oda a lo conseguido, a volar y no volver al nido.

Ya es hora de que el valle arda, de saber lo que el cielo guarda.

Una ola de crudo invierno, ¿cómo ignorarla si la estoy viendo?

Abro ora los ojos y sigue oscuro, ora los labios y brota el ácido más puro:

Tengo miedo.

Tengo miedo a mi reproche.

Tengo miedo de desear lo que ya tengo.

Tengo miedo a la verdad que vierte la pluma en la noche.

Tengo miedo de partir y de llegar sin saber de dónde vengo.

Quiero comprar el remo que le falta al barco que vendo.

Le temo al tiempo.

Temo buscar lo que ya he perdido.

Temo no jugar para evitar la mácula.

Temo un callejón sin salida después de años de recorrido.

Temo no atreverme a ensayar por no tener la fórmula.

Quiero escribir mi mejor obra antes de que sea póstuma.

Preparo papel y tinta, me acompaña un mar de nubes.

Están desde siempre, bruma eterna en mi poesía...

Si juego con ellas revelan lo que antaño supe

lo que el adulto traga y el niño escupe:

Que así como el miedo pierde, también te guiará algún día.

Se le acepta y asume, se le escucha y discute

como cualquier amigo haría.

Las nubes se van y no existe el valle, siempre estuve ciego.

Hay un mosaico de grises, y entre ciento una flor...

Es una flor preciosa, llena de templanza y sosiego

una flor que levanta todas las vidas que yo siego.

Y aun así tiemblo de pie ante ella, tal es su color.

¿Si tengo miedo? No lo niego, pero me acerco y la riego...

Tal es el amor.


Qué fácil es escribir sobre los logros y qué difícil sobre las miserias. Pero en algún momento habrá que admitir que nuestros miedos nos dirigen, y que, hasta cierta medida, así debe ser. ¿Cómo vamos a despreciar si no uno de nuestros instintos más primarios? Si no tenemos miedo a nada, estamos completamente perdidos.

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