LA TORRE
Deja de construir presas
en tus valles de desgaste,
tanta lluvia y tanto llanto
pusieron fin a la sequía.
Deja de huir y regresa
a las calles que paseaste,
las flores rompen ya el asfalto
entre tu casa y la mía.
Ceja en tu empeño por buscar
una salida que ya encontraste,
crecer como el hielo rompe el vaso
rodearse de cristal, de pie en el centro.
Las rejas hacen cárcel del hogar,
si miras fuera revelan el contraste
entre la tormenta que esperas al ocaso
y la tuya, que empapa desde dentro.
Y no derribaré tus puertas
ni apedrearé tus ventanas,
te enseñaré palabras muertas
en una lengua que recuerda
la paz del tañer de tus campanas.
Y no escalaré tu tejado
ni entraré en tus mazmorras,
te mostraré el rastro que has dejado
hacia las huellas de tu pasado,
desaparecerás si las borras.
Y no asediaré tu fortaleza
ni demoleré tus gruesos muros,
te expondré la serena belleza
de tu vigilia cuando bosteza,
promesa de un reino seguro.
No, no subiré a tus almenas ni tomaré tu castillo
recorreré con calma los pasillos
de tu laberinto de lágrimas de cuero.
Te llevaré un trocito de tu suelo
de llanuras sin ejércitos, del repoblar de la sierra.
No violaré nada porque habrá más guerras
y porque en tiempos te salvó la vida.
¿Qué soy yo sino otra alma perdida?
¿Quién para destruir un refugio que no ha dicho su última palabra?
Debes ser tú quien la puerta abra
quien baje la escalera de infinito caracol.
En el foso que salves te espera el crisol
que forjó tu gastada armadura,
símbolo de madurez prematura
la guardarás con amor y con odio en las alforjas de tu corcel.
Habrás de distinguirla de tu propia piel
usarla sólo en batalla y bajo su manto.
Si quieres te susurraré cuándo
y me apartaré un poco, mientras te acompaño.
Sé que por dentro eres tú, pero, aunque pasen los años,
abrazar una coraza, sentir cómo me rechaza,
sigue haciendo daño.
Y no te rescataré de tu torre
algún día bajaré de la mía.
Y aunque incendien tus bastiones
no mataré dragones
porque te mataría.
Este poema describe el escudo
que se levanta para tratar de protegerse de la vida. Así, no sólo nos insensibilizamos
de lo que nos pueda hacer daño, sino también de todo lo demás. La voz poética
le habla a la persona que se defiende, siempre desde la compresión y no de la
imposición de tener que romper la defensa que en algún momento tan necesaria ha
resultado.

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